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Su propio pequeño cuerpo también está lleno de misterios y de peligros, y sin embargo usted no tiene miedo de él, pues usted lo toma como suyo propio. Lo que usted no sabe es que el universo entero es su cuerpo y que usted no necesita tener miedo de él. Usted puede decir que tiene dos cuerpos, el personal y el universal. El personal viene y va, el universal está siempre con usted. La creación entera es su cuerpo universal.

SRI NISARGADATTA MAHARAJ


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Sobre la culpa... PDF Imprimir E-Mail

Sofía Galbete, estudiante y colaboradora de la Escuela del Perdón

ImageEn los últimos tiempos se me va desvelando el hecho de que detrás de todo sufrimiento lo que hay en realidad es culpa. Tomo conciencia de cómo mi vida ha sido vertebrada en gran medida por este sentimiento tóxico y enfermizo al que se podría llamar el gran dinamitador de la felicidad o el corruptor de la paz.

Es un sentimiento íntimamente ligado con la vergüenza  que mana de la profunda creencia de ser intrínsecamente un error, condena que dicta un juez interno implacable, que critica indiscriminadamente cualquier gesto, acción o situación, creando un estado emocional de miedo y debilidad muy desagradable, en el que mi poder queda minado. Algo que últimamente siento con gran vividez es cómo este estado emocional se produce ya vaya el juicio hacia mi o hacia fuera.

La culpa actuaba antes desde la sombra y solo puntualmente era consciente de su existencia, por ciertos acontecimientos que de vez en cuando la hacían muy evidente. Así, casi toda mi vida me ha pasado desapercibida, como un mar de fondo que  boicoteaba mi plenitud, totalmente integrada en mi personalidad.

En algunas ocasiones memorables he sentido el regalo de su completo desvanecimiento, como durante mi primer retiro de meditación hará ya unos 14 años, un espeso velo cayó de mis ojos y mi visión se tornó completamente limpia, todo era muy ligero y gozoso. La vida desde entonces ha dado muchas vueltas y ahora me doy cuenta de que aquello que experimenté como una flipada es la inocencia esencial que todos compartimos y que es nuestra herencia natural.

Últimamente ha salido de la oscuridad para dar la cara, ese descaro convierte con frecuencia mi vida en una auténtica pesadilla.

ImageHace años empecé a sentir que mi alma estaba enferma y el hecho de ahora poder saber cual es esa enfermedad me da la oportunidad de sanarla, desde la comprensión de lo que soy, desde el amor. Así el gran malentendido con respecto a mi identidad va perdiendo crédito y pasito a pasito siento que vuelvo a casa.

Desde otra perspectiva me resulta interesante observar cómo la mente (¿al servicio del plan del alma?) crea las condiciones en las que esa culpa se pueda hacer visible para hacer posible su sanación, cómo cada pieza del puzzle biográfico encaja tan perfectamente para que esto ocurra. A veces vislumbro una gran coherencia que atraviesa los diferentes niveles de la existencia.

Detecto que en un lugar de mi mente está la creencia de que necesito castigarme  para redimir el daño causado, y en esa supuesta redención está la ganancia secundaria que encuentro en mi culpa: “si sufro estoy haciendo lo correcto”, lo que a cierto nivel me imbuye de importancia personal e identidad (identidad cutre pero al fin y al cabo identidad, los designios del ego son así). Qué mejor entonces que una familia estigmatizada, una religión que cada día nos hacía repetir “por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”, y un sin fin de detalles escenográficos orquestados por el universo al servicio de por fin ver y sanar, de poder identificar, para luego poder desidentificarme.

La culpa es el destierro del paraíso, con culpa no hay amor, no hay gozo. En el camino de la liberación de la culpa descubro y aprendo muchas cosas importantes:

-la culpa a un nivel muy profundo niega el Ser esencial, abortando cualquier movimiento de expansión vital, de crecimiento, en todos los órdenes de la vida. El ego verdugo te hace sentir indigna de plenitud y cercena cualquier apertura a lo sublime, con un “¿pero tu que te has creído”?. Así, cuando vives en esta prisión de tu mente permaneces siempre pequeño, apegado a tus limitaciones y miserias.

ImageEl camino de vuelta a casa, de vuelta a Dios, pasa por reconocer la inocencia esencial en cada corazón, lleve el disfraz que lleve.

Ni esa voz ni esa mirada que me juzgan soy yo, se trata de una gran equivocación que hace de mi vida un infierno.

La culpa y el miedo (a veces me resulta difícil distinguirlos) niegan el amor que soy y si me abro al Espíritu permito que éste me devuelva a mi Ser, ya sea a través de la palabra que ilumina y guía, del pensamiento certero, la lectura inspiradora, la quietud de la naturaleza, acogiendo a mi niña interior, o de cualquier otro modo.

Para salir del embrollo de la culpa es fundamental distinguir entre culpa y responsabilidad. Es cierto que nos equivocamos pero eso jamás nos puede convertir en  errores, no somos pecadores, solo estamos aprendiendo. Si me hago responsable simplemente intentaré la próxima vez hacerlo mejor y sencillamente sigo creciendo, fluyo con la vida, por el contrario si soy culpable quedo expulsada del paraíso, no tengo derecho a la felicidad, me aterro, me contraigo y me hago rígida, me congelo en el molde. La equivocación no me expulsa del paraíso, es el duro juicio que mi mente hace sobre ella.

La culpa es un programa muy duro y destructivo, pero la buena noticia es precisamente que se trata de un programa, y en nuestro interior se encuentra la clave para su descodificación.

Observo que como un imán mi conciencia de culpa tiende a atraer todo pensamiento de sufrimiento que pase cerca. Romper con este hábito tóxico, dándome cuenta de que puedo elegir cultivar otros pensamientos que me conectan con mi paz, aprender a mirar de otra manera, a percibir de un modo radicalmente diferente, desde la conciencia de que mi culpa no es mi culpa, es la culpa del alma que todos compartimos, y así sanándome yo sano a mi hermano. Ese es el proceso en el que me encuentro, con el firme propósito de erradicar la culpa y el miedo de mi mente, limpiándola de lo que no es para poder “per donar”(¡qué belleza en el origen de esta palabra!). No más ataque, no más defensa, depongo las armas. Amén.

Sofía Galbete

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