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La suposición sobre situaciones y personas es suciedad mental, es una negación de la diversidad infinita del universo, un impulso al prejuicio. Si sospechas, pregunta. Si no sabes, no sabes. Emplea la imaginación para abrir caminos, para crear, no para cerrarlos, adivinar o prejuzgar cuando existen infinitas posibilidades y puntos de vista.

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El exito social del dolor PDF Imprimir E-Mail

Hacia la ecología mental: el virus del sufrimiento

Estás en una habitación llena de personas. En un momento dado,  en un tono dramático alguien expresa su pesar ante cierto acontecimiento trágico ocurrido en el mundo debido a la inconsciencia humana. Puede tratarse de la represión violenta en Birmania, de Israel y Palestina o de los desastres consecuentes de la conquista estadounidense de Iraq. En cualquiera de estas situaciones en las que muchas personas sufren no hace falta pensar, ni juzgar, para darse cuenta de que algo ahí no funciona. Te lo susurra el corazón a gritos. No es preciso hablar siquiera. Pero sin embargo, cuando expresamos nuestro pesar en público por uno de estos acontecimientos, el éxito está asegurado, la acogida está garantizada. En ese momento, si emitimos indignación, profunda tristeza, incluso abiertamente miedo, habremos conectado con una parte de todos los presentes, habremos conectado con el cuerpo dolor colectivo, con el dolor del corazón humano. Incluso lo normal es que profundicemos en un sentimiento de unidad, de solidaridad tan evidente que de otro modo no hubiera sido posible. El miedo y la indignación también pueden unir personas.  Pero las desunen de la vida y las enfrentan a otras personas.

ImageResulta interesante escuchar las respuestas que de nuestra mente surgen al afrontar estas preguntas: ¿De qué ha servido? ¿Crees que se ha ayudado a concienciar a esas personas? ¿De qué han tomado conciencia? ¿Qué crees que había inconsciente que hayan sacado a la luz? ¿No era el sentimiento evidente ante tales circunstancias? ¿Qué es en realidad lo que a un nivel más profundo está ocurriendo en ese instante? Lo que está sucediendo procede de nuestra tradición cultural más primitiva, más tribal: la agitación del dolor y la llamada a la lucha. 

La persona que lo expresa no puede deshacerse del dolor que le produce la percepción de los hechos. Tal vez, ni siquiera desea quitarse el dolor de encima en este momento. Por supuesto, no puede imaginar ni tan siquiera que es posible cambiar el modo de verlo. Aunque creyera que es capaz de cambiar su percepción de los hechos, la visión alternativa entrañaría un paradigma que consideraría no creíble: la perfección de los acontecimientos.

Todo está perfecto

Sin duda, todo lo que hace relación al pasado es “perfecto”. Por ello decimos “pretérito perfecto”. Porque es perfecto, está acabado, su acción pasó y ahora, simplemente, es. El ahora es. Sin juegos mentales, el ahora es perfecto. Y el pasado que implica también es perfecto. El futuro se irá haciendo perfecto según se convierte en presente. Hasta este momento, llamaremos “imperfección” solamente a eso llamado futuro. Porque no es, se está haciendo aún, es por tanto, imperfecto.

Sin poder vislumbrar la perfección en ninguna parte, la persona atraviesa un duelo emocional ante hechos que es incapaz de aceptar. Cree que para pararlo es preciso hacer una gran bola de miedo, que las personas solo se mueven por miedo. Además, el dolor ha tomado tal energía gracias a su pensamiento que el miedo la desborda, necesita compartirlo. Necesita ver que más personas sienten su dolor y lo expresan, lo cual le hará sentirse más segura. Necesita una dosis de dolor extra, acompañada de reconocimiento por su sensibilidad –siempre a agradecer en este “frío mundo”-.

El miedo produce dolor. El dolor busca al miedo.

Se trata de un acto de agitación del dolor  y una propagación del miedo. Lo más probable en tal ambiente emocional es que pronto se haga alguna llamada a la justicia y que se invoque a la lucha para conseguirla. En un instante, el dolor ha hecho presencia, se ha transmutado en miedo y se ha puesto en movimiento en forma de lucha, ya sea ésta física o emocional, incluso mental. Este modo de propagar el dolor y la lucha [podríamos llamarlo "demagogia"], ha producido linchamientos, revueltas violentas, quema de brujas, incluso hizo subir al poder al nazismo. En este tipo de situaciones, a un nivel más sutil, se está generando pura negatividad que se añade al psiquismo colectivo. Los pensamientos de dolor y de lucha son frecuencias contaminantes de nuestra mente global.

Por debajo de toda esta mecánica tan arraigada e inconsciente lo que subyace es un profundo miedo. Una negación ante la posibilidad siempre abierta de que lo sucedido nos pase a nosotros. Miedo al dolor, miedo al caos, miedo a "la maldad". No hay confianza en la vida y su proceso, la falta de aceptación del dolor y el miedo la ha destruido. No hay integrada una dimensión espiritual. Para el ego solo existen dos opciones: lucha o huída. No se reconoce la exactitud con la que cada átomo está colocado en el universo, hasta en un copo de nieve. Se ignora el diseño inteligente, la correlación infinita de todo lo que existe, del mismo modo que los déspotas y los agresores lo ignoran. Se ignora el propósito eterno de todo lo que ocurre. Este es el tipo de inconsciencia que habitualmente produce la ausencia de aceptación.

No digo que nos quedemos sin hacer nada ante cualquier calamidad de nuestra vida o de nuestro entorno: si puedes hacer algo útil, positivo, constructivo ¿a qué esperas? La lucha y el drama es prescindible, disfuncional y terriblemente contaminante. Es una re-acción. Los seres humanos estamos educados para luchar. Es la herencia de la cultura del miedo. Al dolor respondemos con lucha. Negamos la aceptación, la reconstrucción perceptiva o el perdón por considerarlo débil, conformista, incluso peligroso ya que "permite que el mal se reproduzca". Sin embargo, la lucha reproduce el mal desde hace milenios, algo que está ya suficientemente experimentado. Con la lucha se propaga el dolor, aumentan las heridas y se multiplican los motivos de venganza. La lucha asienta nuestra separación y nuestro paradigma del miedo. Luchar es una reacción inconsciente, que ha producido una cadena de dolor y venganza en nuestra historia y en nuestro presente.

Tampoco podemos seguir empleando la alarma, el miedo y la agitación del dolor como “mensajes” hacia los estamentos que “tienen el poder”. Primeramente, el dolor y el miedo son malos mensajeros, tienden a ser recibidos con inconsciencia y brutalidad. En segundo lugar, este abandono del poder en manos de gobernantes e instituciones me parece una irresponsabilidad individual. Todo cambio debe empezar en uno mismo. Entonces llegará el mensaje adecuado a quien deba llegarle.

¿Cuándo elegimos el drama y la lucha en nuestro universo personal?

ImageEl drama lo elegimos cada vez que permitimos que, en su inercia, nuestra mente recuerde los sucesos del dolor, los actualice y los haga presentes, emitiendo energía alrededor de ellos. Si esta misma energía fuera generada desde el aprendizaje, sería energía creativa y positiva, limpia de negatividad. Pero normalmente esta energía tiene el signo de una invocación al dolor. “Haz que el dolor se propague y duela.”

El drama lo elegimos cada vez que permitimos que nuestra mente construya hipotéticas historias y situaciones donde el miedo nos abruma, y en lugar de reconocer el juego de nuestra mente, nos disponemos a preparar nuestra huída o nuestra lucha. El drama lo elegimos en estas manifestaciones públicas del dolor y la lucha. El drama lo elegimos cada vez que decimos “debería ser así…” en vez de regresar al aquí y ahora y preguntarte sin  más ¿Qué quiero ser yo ahora respecto a esta situación? ¿Miedo, dolor, venganza o paz, perdón y aprendizaje personal?. El drama lo elegimos cada vez que nos vemos como víctimas de la injusticia o del azar. El drama es reactivo, irresponsable, inconsciente y contaminante.

La lucha la elegimos cada vez desconfiamos de la vida y elegimos dar un portazo al amor. La lucha siempre pretende mantener el status quo y evitar nuestro cambio. La lucha implica imponerse a los demás, desear vencerlos, desear controlarlos. La lucha pretende el cambio fuer, de modos radicales, violentos y manipuladores, los mismos modos que se han empleado durante milenios sin éxito. La lucha es ruido, caos y desorden para nuestra naturaleza profunda.

Hace poco tiempo, en un seminario nos comentaba una compañera que en su trabajo intentaba aplicar los recursos de presencia, paz mental y aceptación que habíamos practicado, pero a la gente no le gustaba nada. Le decían: “¿Es que no te corre sangre por las venas?”. La veían fría, incompasiva. A su vez, ella se veía como una irresponsable. “¿Es que no estoy viendo algo que ellos ven?”.  Sencillamente se mantenía en el presente y no hacía un drama de cada situación. Sin embargo sus compañeros vivían a caballo entre emociones y pensamientos que dominaban su comportamiento y lo arrebataban de una conciencia plena. En realidad, vivían en el miedo. Y no les gustaba nada que ella se saliera de éste. De alguna manera expresaban sin palabras algo así como “¡Eh, qué te pasa! ¿Te has vuelto loca? ¡Apúntate al miedo! No te quedes ahí colgada en esa extraña paz sin causa.”

En ese momento estábamos practicando el perdón en tiempo real, el reconocimiento del momento presente y la plena aceptación del mismo con la aceptación correspondiente de todas las personas, circunstancias y situaciones que contiene. Ella se daba cuenta de que si lo practicaba en cada momento, pronto dejaría de sufrir. De algún modo sentía que abandonaba a un buen número de personas… que quedaban ahí, sufriendo.

Tras una breve conversación llegamos al acuerdo de que ella estaría encantada si la presencia y la comunicación con los demás fuera compatible, y más aún sabiendo que una vez que estás en presencia comienzas a establecer relaciones auténticas. Ella quería ser auténtica sin dejar de estar con los demás. Y eso precisamente es lo que el mundo necesita en este momento.

Antes de agitar el dolor, antes de crear lucha dentro y fuera de nosotros, mantengámonos presentes justo el tiempo suficiente para hacernos la pregunta ¿Es esto lo que elijo?.

Después elijamos escuchar o intervenir, seguir o parar, luchar o contemplar el presente. En total presencia podrás sentir el momento corriendo por tus venas, y desde allí perdonarás cualquier cuestión que te traiga la vida, ya que lo aceptarás como lo que es. Amarás la vida en su sentido literal, al dejarla ser en cada instante, en cada persona y en cada situación. Esto es el perdón en tiempo real.

Jorge Lomar
Presidente de la Asociación Conciencia. Facilitador, conferenciante y consultor.

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